☕ Café número #19 ☕
Hola a todas/os.
Mi nombre es Nerea, y hace diez años que terminé la carrera de Psicología. Desde entonces, mucha gente ha querido ‘tomarse un café’ conmigo.
‘Y así hablamos un ratito’ -decían-.
Pero realmente sé que lo que querían era un espacio de reflexión, de desahogo o de ayuda.
Como no puedo ser la psicóloga de todo el mundo, te invito a que me acompañes un ratito cada domingo -o cualquier otro día de la semana si te viene mejor- mientras te tomas el café de la mañana -o tu bebida favorita-, en este pequeño espacio compartido. La única condición es que te regales estos minutos desde la tranquilidad.
Así que, si me permites unas pequeñas indicaciones:
- Ponte una música suave de fondo. Si no tiene letra, mejor. Así no interfiere en la lectura.
- Cierra los ojos.
- Respira hondo las veces que sean necesarias.
- Dale un sorbo a tu bebida…
- ¡Bienvenida/o a tu espacio! ♥
💬Cerrar el círculo💬
Hace cuatro días que aterricé -afortunadamente- en África tras varios días de incertidumbre, ansiedad y mucho estrés.
Y digo afortunadamente, porque el miércoles, cuando llegué a la zona de facturación del aeropuerto de Málaga desde donde tenía que coger el vuelo, la señora me dijo que no podía volar. No os podéis imaginar lo que sentí en esos momentos… Le pregunté distintas opciones, llamé y mandé mensajes de auxilio a distintas personas y la única solución era hacer un cambio en el destino de mi billete.
‘Más dinero no, por favor…’ – pensé automáticamente. Pero, ¿qué podría hacer si no? ¿Perder todo lo demás? ¿Esperar, sin tener la seguridad de saber cuándo podría recibir la documentación que me faltaba para entrar a mi destino?
‘Vale, acepto el cambio’ – le dije.
485€ después, y tan solo 5 minutos antes del cierre de la facturación, pude dejar mi maleta en la cinta y salir corriendo al control de seguridad.
Tres horas más tarde de lo esperado, aterrizaba en el país que me está acogiendo durante unos días hasta que termine la burocracia que me deje entrar al país al que realmente he venido a hacer mi trabajo durante los meses de agosto y de septiembre.
Y bueno, la historia no acaba aquí, pero os la compartiré más adelante.
…
La primera vez que salí de casa tenía 16 años y lo hacía para estar aproximadamente dos semanas en Londres para estudiar inglés con el resto de mis compañeras y compañeros de primero de bachillerato.
Recuerdo el momento en que les planteé la idea a mi padre y a mi madre. Ella, decidida, me dijo que su firma no estaría en la autorización porque, si me pasaba algo, no quería llevar ese peso sobre su consciencia.
No la juzgo. Ahora, 16 años después de ese momento, repaso estos años y yo también he sentido miedo al firmar documentos importantes porque, al final, doy mi permiso para lo que ahí aparezca, sea lo que sea. Y eso, quieras o no, pesa.
Pero quizás en ese momento fui un poco más consciente de lo que iba a suponer mi vida si quería abrir las alas: proponer, insistir, aceptar, negociar, rebatir… Nunca he conseguido una aprobación inmediata, y me he terminado acostumbrando a ser ‘la diferente’, la que quiere salir de allí porque se siente encerrada, la que quiere romper el círculo porque ha aprendido que existen muchas figuras geométricas diferentes.
Y así, una vez más, he cruzado por quinta vez al continente africano con mucha ilusión, pero también con dudas y algo de miedo…
Hace unos meses, cuando me dieron la noticia de que aprobaban mi participación en el proyecto, y mi destino, se lo conté a mi psicóloga y me dijo: ‘Nerea, ¿por qué no veo alegría en tu cara? Tu futuro está vibrando, está esperando a que le abras la puerta.’ Pero yo no me sentía así.
Al final, llevo casi dos años en un bucle donde, si no me destruía yo con mi exigencia y autocrítica, lo hacen otras personas desde fuera. Y es difícil salir de un lugar del que, por un lado te empujan a salir, y por otro te amarran un poco más la cadena. La psicológica, la que menos se ve desde fuera pero la que más cuesta cortar.
…
Cuando le conté a mi familia que me iba, tras dos meses pensando cómo hacerlo, esperé encontrar muchas reacciones diferentes. Y bueno, las hubo, pero algo en mí ya era diferente: la decisión estaba tomada, y no iba a cambiar la opinión porque ya no necesito a nadie que me firme autorizaciones, y ya he dejado de sentir los objetivos vitales de lxs demás como los míos. Así que seguí mi ritmo, como hasta ahora, solo que a partir de ese momento tendría que responder muchas preguntas hasta el día de mi salida.
Realmente, en muchas ocasiones romper el círculo no significa enfrentarse a nadie, sino más bien informar dejando de pedir permiso.
Y creo que eso es bastante más difícil de lo que parece. Porque cuando llevamos mucho tiempo escuchando que ‘solo’ hay una forma correcta de hacer las cosas, empiezas a confundir lo habitual con lo necesario. Como, por ejemplo, no arriesgar demasiado, o no hacer algo que lxs demás no van a entender.
Y oye, que no hay nada malo en querer cosas ‘tradicionales’. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos si realmente las queremos nosotras.
Hoy me gustaría decirte que hay círculos que no se rompen de golpe. Se rompen poco a poco…
… La primera vez que dices que no.
… La primera vez que haces algo aunque alguien piense que es una locura.
… La primera vez que eliges algo que no coincide con lo que esperaban de ti.
… La primera vez que dejas de explicar cada decisión.
… Y también la primera vez que entiendes que alguien puede no estar de acuerdo contigo y, aun así, tú puedes seguir adelante.
Porque llega un momento en que tenemos que aceptar que nuestras decisiones pueden decepcionar a otras personas, pero eso no significa necesariamente que estemos haciendo algo mal, sino más bien estamos haciendo algo diferente.
Durante mucho tiempo he pensado que ser valiente era no tener miedo. Ahora creo que quizá sea justo lo contrario y signifique, como dijimos en el café donde hablábamos de los cambios de etapas, mirar el miedo, reconocerlo y decir: ‘Vale. Vienes conmigo, pero no vas a decidir por mí.‘
Y aquí estoy escribiéndote hoy: con incertidumbre. Con dudas. Con cosas que todavía no sé cómo van a salir. Con una maleta que llegó a África después de un cambio de billete de 485 euros. Con una burocracia que todavía no ha terminado. Y con muchas preguntas y dudas.
Pero también con algo que durante mucho tiempo me ha costado encontrar: la sensación de que esta vez la decisión es mía. Y quizá eso sea lo que significa, finalmente, abrir las alas.
*Esto no es un alegato contra las familias, sino una reflexión sobre cómo aprendemos a hacernos responsables de nuestra propia vida❤️
…
Antes de terminar este café contigo, me gustaría dejarte unas preguntas para que reflexiones durante la semana:
🧠 ¿Hay alguna decisión de tu vida que estés tomando porque realmente la quieres o porque es la que se espera de ti?
🧠 ¿A quién estás intentando convencer para poder sentir que tienes derecho a elegir?
🧠 ¿Qué harías si supieras que nadie va a enfadarse contigo? ¿Y qué parte de tu vida cambiaría si dejaras de pedir permiso para vivirla?
❤️Si te animas, me encantaría leer tus reflexiones aquí abajo, o en mis redes sociales (@nerea.psicologa / @samayoon.psicologia).
Hay una diferencia enorme entre hacer daño y dejar de vivir como alguien espera que vivas ♥
Nos leemos el próximo domingo☕.